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2021-12-28 00:12:40 By : Mr. Richard Wang-Tyre Supplier

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“Una tarde, tiernamente, cogió una maquinilla eléctrica y afeitó a su padre”. Fue en Karachi, Pakistán, noviembre de 1987, en uno de los seis días compartidos por Salman Rushdie con su moribundo progenitor, Anis, tras el diagnóstico de cáncer en la médula ósea. Aparte del disonante “cogió”, de connotación sexual, vulgar, en varios países latinos, usado por el traductor, el detalle escénico, además de su propia carga emotiva, evoca también una reciente vivencia personal. La frase se lee en Joseph Anton, libro autobiográfico del archimentado escritor indú-británico, condenado a muerte dos años después por el ayatolla Jomeini -condena por suerte no cumplida-, autócrata de Irán, al considerar blasfema contra la fe musulmana su novela, Los versos satánicos. Cedo a la tentación de dedicar breves líneas a la hoy nada novedosa maquinilla eléctrica de afeitar, citada en el texto. Junto con otros artículos, ahora cotidianos, entre estos el hervidor de agua -recuerdo de Marce Novoa- y la olla del arroz, ambos de conexión eléctrica, todos con inexcusable tardanza, han hecho más grata mi existencia.

De la diaria pelea con los cañones de barba y bigote -único rasgo no aborigen de mi mestizaje-, durante más de medio siglo, bien podría escribir una tragedia, cuyo inicio data de aquella ocasión infeliz en la cual el cura rector del internado, en un acto de premiación por méritos académicos frente a la comunidad educativa en pleno, espetó el hiriente dardo: “Ya es hora de que sus papás le traigan una máquina de afeitar”, detonando la burla de trescientos compañeros de encierro, profesores y demás asistentes.

Asombro, horror, compasión, suscitarían mis relatos de dolor, de sangrientas heridas, cremas, lociones astringentes, frente a espejos de innumerables lugares en países donde he plantado mis huellas, antes de gozar del reciente y definitivo alivio. La afeitadora eléctrica vino, caprichos del juguetón azar, de alguna tienda sueca, en la cual mi compañera de vida durante 15 fantásticos años, madre de mi bella Sara Helena, adquirió obsequios para su entorno afectivo en el cual aun cuento, antes del viaje de vacaciones a la añorada Colombia, a su amado Tolima, el pasado verano. Coincidimos los tres en la seca calidez de Agua de Dios, Cundinamarca; allí, luego de abrazos reparadores, instrucciones básicas, y de adquirir un adaptador, hice el glorioso estreno. Cuatro meses no han mermado el rendimiento del mecanismo ni la pueril emoción del usuario. ¿Qué impidió haberme apropiado antes del fabuloso recurso, accesible a cualquier bolsillo, pero negado para mí durante cinco décadas? Sigo en la indagación. La respuesta a mano tendrá que ver, creo, con el temprano rechazo hacia radio y televisión como formas de comunicación con el mundo exterior. Esquivo siempre a publicidad audiovisual, me he privado por ignorancia de ciertas comodidades al alcance de todos. No me arrepiento. Si la ocasión se presentara, espero que Andrés Javier y Sara Helena emulen a Rushdie.

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